Llueve en la isla de los gatos

En territorio japonés, existe una isla, la isla de Tashiro, próxima a la ciudad de Ishinomaki, en la prefectura de Miyagi, que es conocida como “la Isla de los Gatos“. Bien, esta isla no es la misma que aparece en esta ficción, aunque su peculiaridad la inspirara.

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Llovieron niños sobre la isla. Era una lluvia semejante a un violento chaparrón de granizo.

Resultaba un espectáculo tremebundo ver sus cuerpecitos caer, respondiendo con júbilo y horror a la llamada de la gravedad. Pero posaron sus pies de muñeco en el suelo, aterrizaron como pájaros. Nadie se estampó contra la tierra, nadie dejó un rojo recuerdo.

Los gatos contemplaron la lluvia de niños con su natural estupefacción. Guardaron una distancia prudencial de los recién llegados; quizás obraron así alertados por viejas historias de conquista y colonización.

Los niños se dedicaron a perseguir a los gatos, querían cazarlos, exhibir sus pellejos como trofeos y hacer un caldo con sus huesos.

Pero existe una vieja ley no verbalizada que rige los destinos de la Isla de los Gatos. Quien ose matar a un gato, o se atreva a causarle daño, será castigado con la muerte y su mísera alma será torturada por toda la eternidad en algún infierno. La vieja ley de la Isla de los Gatos no la conocían los niños recién llovidos.

Todo empezó con el niño Braulio, el arrojado niño Braulio, el hermoso niño Braulio de la incandescente melena dorada. Todo acabó con el niño Braulio. Le reventó la cabeza a un minino con una caracola, mientras exhibía la sonrisa perversa propia de su edad. Sin borrársele la sonrisa, un relámpago para nada esperado partió en dos la cabeza del niño Braulio, ese mismo relámpago lo convirtió en una amorfa estatua chamuscada.

Al ver lo que sucedió al tonto del niño Braulio, el resto de sus infantiles camaradas comprendió que los gatos de aquella isla eran intocables. Todos los críos lloraron, sacudidos por un salvaje desgarro, llamando a sus inexistentes mamás y papás. Por su parte, los gatos dedicaron miradas glotonas a los blandos cuerpecitos de los niños caídos del cielo, anticipando el suculento festín que, en breve, disfrutarían. 

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Una respuesta to “Llueve en la isla de los gatos”

  1. Carlos J. Eguren Says:

    Genial, oscuro y tétrico microrrelato lleno de esa fantasía oscura que consigue, a partir de la realidad, hablar de temas complejos como las ansias de venganza y los finales inesperados. Gran prosa y genial historia. Créeme, es bueno.

    Un saludo, camarada.

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