Llueve en la isla de los gatos

Posted in La Isla de los Gatos on 20 marzo, 2014 by Felipe Nemo

En territorio japonés, existe una isla, la isla de Tashiro, próxima a la ciudad de Ishinomaki, en la prefectura de Miyagi, que es conocida como “la Isla de los Gatos“. Bien, esta isla no es la misma que aparece en esta ficción, aunque su peculiaridad la inspirara.

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Llovieron niños sobre la isla. Era una lluvia semejante a un violento chaparrón de granizo.

Resultaba un espectáculo tremebundo ver sus cuerpecitos caer, respondiendo con júbilo y horror a la llamada de la gravedad. Pero posaron sus pies de muñeco en el suelo, aterrizaron como pájaros. Nadie se estampó contra la tierra, nadie dejó un rojo recuerdo.

Los gatos contemplaron la lluvia de niños con su natural estupefacción. Guardaron una distancia prudencial de los recién llegados; quizás obraron así alertados por viejas historias de conquista y colonización.

Los niños se dedicaron a perseguir a los gatos, querían cazarlos, exhibir sus pellejos como trofeos y hacer un caldo con sus huesos.

Pero existe una vieja ley no verbalizada que rige los destinos de la Isla de los Gatos. Quien ose matar a un gato, o se atreva a causarle daño, será castigado con la muerte y su mísera alma será torturada por toda la eternidad en algún infierno. La vieja ley de la Isla de los Gatos no la conocían los niños recién llovidos.

Todo empezó con el niño Braulio, el arrojado niño Braulio, el hermoso niño Braulio de la incandescente melena dorada. Todo acabó con el niño Braulio. Le reventó la cabeza a un minino con una caracola, mientras exhibía la sonrisa perversa propia de su edad. Sin borrársele la sonrisa, un relámpago para nada esperado partió en dos la cabeza del niño Braulio, ese mismo relámpago lo convirtió en una amorfa estatua chamuscada.

Al ver lo que sucedió al tonto del niño Braulio, el resto de sus infantiles camaradas comprendió que los gatos de aquella isla eran intocables. Todos los críos lloraron, sacudidos por un salvaje desgarro, llamando a sus inexistentes mamás y papás. Por su parte, los gatos dedicaron miradas glotonas a los blandos cuerpecitos de los niños caídos del cielo, anticipando el suculento festín que, en breve, disfrutarían. 

No hay tiempo para nosotros

Posted in Sin categoría on 31 enero, 2014 by Felipe Nemo

Habitación 429, ésta es nuestra fortaleza. Desde ella no declararemos la guerra al mundo, desde ella nos despediremos de él. Aquí dentro hemos sido abandonados, los demás aguardan a que se nos coma el olvido. El fin ha llegado para nosotros, cariño.

Hace exactamente veintitrés horas y cuarenta y siete minutos (no han podido ser veinticuatro para que todo quede redondo), tú y yo éramos perfectos desconocidos. Vivíamos nuestras vidas con las esperanzas justas, aguardando a llegar al próximo mañana, como cualquier otro. No sé si tú en algún momento pasado pensaste esto, yo sí: que era un privilegiado, que estaba hecho para sobrevivir, que pasaría por el mundo sin armar mucho ruido. Nos vimos en el aséptico bar de este hotel, dos animales solitarios, nos regalamos una sonrisa el uno al otro como si nos conociéramos desde siempre, coqueteamos manteniendo la distancia, pero en ese momento no nos acercamos. Ya no recuerdo qué música sonaba, lo que sí recuerdo es que te desmayaste de repente y empezaste a temblar y palidecer, recuerdo también las caras de pánico de los otros, cómo se les cortaba la respiración e incluso el pensamiento. Tampoco pude acercarme entonces a ti: yo también caí y mi caída fue un poco más escandalosa, pues me sobrevino un ataque epiléptico. Yo que me creía hecho para sobrevivir, qué gracia… Tenías que haber visto a los otros, la misma expresión en todos sus rostros, la angustia y el terror desbordándose por los ojos, una multitud patética. La palabra peste se expandió por sus bocas como un virus de hospital.

Así empezó y así acabamos. Dos apestados más, que dentro de unas horas, no sabemos cuándo, serán dos apestados menos. Antes de que sucediera esto, tú tanto como yo te has hartado de escuchar que no hay una cura para esta peste, que se aísla a los contagiados y, en algunos casos, hay quien recurre a la eutanasia. Así que aquí estamos: condenados. Pero no podría haber imaginado un destino más feliz, encanto. Este encierro me ha permitido acercarme a ti y quedarme contigo hasta el final.

Nuestros carceleros han sido generosos con nosotros, pese al miedo que les inspiramos. Nos encerraron en la habitación más apartada del hotel, en el piso menos frecuentado, pero nos han colmado de pequeños placeres: nos hemos hartado de beber todas las variedades posibles de alcohol, de comer los exóticos platos del menú y de fumar más tabaco del que puedan tolerar nuestros pulmones, tenemos a nuestra disposición una selección inabarcable de música y películas y hasta una televisión con los canales de doce países distintos. No han querido que nos muriésemos de aburrimiento. Pero, a pesar de las variadas opciones de ocio con las que contábamos, nos hemos conformado con lo preciso para despedirnos de la vida y, lo más importante, con nosotros mismos.

El acercamiento fue muy tímido, como el inicio tembloroso de un cuento, ¿no crees? Cuando recuperaste la consciencia, estabas asustada y te entregaste a las lágrimas, la cercanía de tu extinción te aterraba. Yo había perdido el aliento mientras te observaba y me daba cuenta de lo guapa que eres incluso así, confusa y angustiada. El llanto se te agotó antes de lo que imaginé, tan rápido como lo comenzaste, quizás porque no tenía sentido gimotear cuando el fin está a dos pasos. Luego nos enredamos en una conversación en la que no permitimos que se colara lo anodino, en que nos desvelamos el uno al otro todos nuestros secretos sin tapujos, conscientes de que sería un crimen callárselos, y no nos aborrecimos por desnudar nuestras almas. Me llevó un largo parloteo que te enamorases de mí, siempre he sido un charlatán; la ventaja era tuya, pues tú me conquistaste antes de que nos olvidaran en el interior de esta habitación. Luego vino la sesión de sexo urgente y voraz, que fue algo más que la entrega a nuestros instintos, que no sólo fue la expresión de nuestro amor con fecha de caducidad.

Ahora, en el tocadiscos, suena una canción que antes odiaba, “Who wants to live forever” de Queen; en este instante, es mi favorita. No sabes lo espléndida que estás en este preciso momento, bañada en el sudor del éxtasis compartido, mientras exhalas con picardía el humo de tu cigarrillo perfumado sobre mi rostro, mientras soportas con paciencia y esa sonrisa burlona mi torrente de palabras, mientras sigues esperando, como yo. There’s no time for us, canta Brian May. Pero nosotros tenemos todo el tiempo que nos queda, cariño. Who dares to love forever, nos espeta Freddie. Nosotros no nos atrevemos, nuestro amor durará sólo hoy, hasta el fin, por eso es un amor perfecto. No lo contaminarán la rutina ni la eternidad. Bésame, preciosa, comámonos a besos mientras nuestros corazones aún luchen por latir. No puedo hablar por ti, pero ya te lo he dicho: yo nunca habría imaginado un final mejor para mi historia.

Teseo (10): Coeur

Posted in Tras los pasos del Minotauro on 20 diciembre, 2013 by Felipe Nemo

Las voces dentro de la cabeza de Teseo, o fuera, él no sabría localizarlas, insisten que en algún rincón del Laberinto… es el punto en el que los pies danzan torpes y la memoria duda, allá donde los héroes deponen sus armas, vencidos por el peso de una tristeza que nunca es del todo propia, que siempre permanece agazapada como una sombra a la espera de la siguiente víctima, a cuya piel adherirse, y allí se abren antiguas flores que vomitan luces como burlonas luciérnagas y retumban ecos de imperios que se alzaron sobre amores que una tormenta se llevó… yace solitario un corazón que eligió dejar de soñar y se lamenta de la suerte de muchos, tal vez incluso de la suya. Y Teseo escucha sus latidos desde hace tiempo, pero no podría aseguraros si los escucha desde el primer segundo en que pisó el Laberinto o sólo hace cinco horas.

Las voces dicen también que aquel es un corazón tan viejo como los delirios que levantaron este laberinto, pero nadie sabe su verdadera edad, ni siquiera aquel que lo extravió, o que decidió encerrarlo. ¿Y si fuera el corazón del soñador de esta prisión, de todo este espejismo? ¿Destruirlo significaría conquistar la libertad?

Pero… ¿dónde demonios está?

¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!*
*EL CORAZÓN DELATOR, Poe

Teseo tendrá que continuar su solitaria travesía hacia-ninguna-parte, hacia el Corazón del Laberinto, cada vez más quimérico, una de las muchas quimeras que sueñan y alumbran en las horas más insospechadas tantos espíritus tan errados.

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Y mientras dejamos al heroico y desquiciado Teseo avanzando-perdiéndose en los misterios del Laberinto, servidor se da cuenta de que este espacio errático se mantiene pese a los vientos que soplen. El 11 de diciembre de este olvidable 2013 cumplía siete inviernos. Este texto-celebración llega unos días más tarde, evidencia de lo mucho que naufraga el “autor”.

El sol en la pared

Posted in Misivas desde esta celda on 28 agosto, 2013 by Felipe Nemo

Dibujé un sol en una de estas cuatro paredes.

La noche vino y lo borró.

Dibujé otros soles en cada una de las cuatro paredes.

Otras noches vinieron y los borraron.

La esperanza se me acabó atragantando con un sabor ácido, de polvorón indigesto.

Así anocheció mi mente.

Ahogarse da sentido a respirar

Posted in Crónica de un naufragio on 19 agosto, 2013 by Felipe Nemo

 

Ahogarse da sentido a respirar. Respirar el agua, su abrazo final, su beso fatídico, un último segundo. Naufragar y hallar la dicha en el naufragio, y no querer ser rescatado, soñar con una sirena redentora que te lleve hasta el fondo del abismo y te llene de coral, caracolas, tentáculos. Ahogarse y ya está, nada más. Nada más hermoso.

http://wealldiewhatacircus.bandcamp.com/track/drowning-gives-meaning-to-breath

Volví hechizado

Posted in La Escritura Salvaje on 2 julio, 2013 by Felipe Nemo

 

 

Volví hechizado.

Huele a hospital. Huele a geriátrico. Huele a tanatorio. Huele a cementerio. Huele a fábrica de galletas.

Así se gesta un fantasma. En las hebras de un suspiro. En el séptimo eco de un orgasmo.

Fantasma. Así soy, así me quedo. Los mundos no me necesitan. Así soy, así me quedo. Observo desde los márgenes de un folio emborronado. Planeo el fin de todo, de toda esta historia macabra, una mente convertida en una caja de resonancia con ideas-bomba que estallan en rojo y salpican pólvora por cada recoveco y acidez de estómago al imprudente que se atreva a asomarse  al abismo.

Escucho las melodías resonar por los pasillos de este lugar. Huele a tu jodido cadáver con los últimos rastros de tu vida.

No quedará nada. Nada importa. Importa que te olvides de todo esto. Esto es lo que quedará a la deriva. A la deriva os iréis todos vosotros, con las ruinas.

El mundo no se quiere callar. Así soy, así sigo. El aliento gélido en tu nuca. Las palabras que no son palabras porque no salen del corazón tienden puentes entre ellos y nosotros.

Que no te duela. A mí sí me duele. Ésta es la forma en que no recurro a una pistola.

Volví hechizado.

Mensaje en una botella hallado en una solitaria habitación

Posted in Crónica de un naufragio on 9 mayo, 2013 by Felipe Nemo

(Allí estaba la botella, cubierta de polvo y olvido, como una superviviente del holocausto del tiempo, un tesoro que esperase ser descubierto por un desconocido… ¡Es un mensaje de Ismael! Conozco su tortuosa caligrafía, así que nadie puede decirme que estas palabras no son suyas…)

He descubierto que mi vida se resume en pequeñas sombras sobre una pared que aspiran a ser grandes.